domingo, 8 de febrero de 2015

Encuentros

Nunca te había visto tan bien, o creo que dijo feliz, mi amigo, yo lo miré como si de repente hubiese empezado a hablar en una lengua muerta. Y qué guapa era; ¡uhm!, contesté yo con el cristal del botellín de cerveza entre los labios. Mi amigo venía de una de mis descarriadas vidas anteriores, en la que había intentado ser prestamista, o fue cuando monté una empresa de trabajo temporal, Granito de arena S.L., o ambas a la vez. Por eso había tenido que salir corriendo. Con mi amigo nos habíamos encontrado por esa casualidad infinita de esta ciudad, y la nostalgia y el aburrimiento nos invitaron a tomar una cerveza más, otra de tantas, habíamos sido buenos amigos. Recuerdo que varias veces intercedió, quizás ignorándolo todo, o quizás no, para que no me dieran una paliza los trabajadores temporales o algún prestatario alegando usura. Siempre había estado en deuda con él. Luego dijo su nombre, como un suspiro, que quedó flotando en la nebulosa de mis pensamientos algo más de lo normal, hasta que la marea de una canción de los Stones se la llevó. Entonces la vi. Vi su silueta de espaldas a los lejos, el pelo tan negro y largo, rozando su zona lumbar. Se daba la vuelta, la distancia del recuerdo no me dejó pintar sus ojos de un color exacto, creo que negros cuando sonreía, marrones claros cuando me abrazaba. Con la mano que no sujetaba sus libros me hacía señas, una mano pequeña y tierna, como toda ella. Al final conseguí despegar mis ojos del cielo del bar, un cielo en penumbra, brindé con mi amigo por los viejos amores, como zanjando el tema, y la cerveza me supo tan amarga como una puñalada. Luego mi amigo empezó a contar sus historias, me contó que cuando me fui del barrio los vecinos la tomaron con él, que incluso alguno le había dejado una nota amenazándolo, pero él conocía a su gente, era gente inofensiva y olvidadiza, a los pocos meses ya nadie se acordaba de mí. Me contó que se había casado con su novia de toda la vida, a la que no conseguí poner nombre ni cara, que esperaba el segundo varón, mostrándome las  fotos de su cartera pedí otra ronda. Brindé por su familia, aconsejándole que la protegiese, con su vida si fuese necesario, me miró serio y brindó. Yo me sentí como lo que era, un cretino, quién era yo para darle consejos a este hombre, yo que no hacía más que saltar, escapar, mentir y ensuciar todo lo que se acercaba a mí. Me hacía señas con su mano, me llamaba, yo le sonreí y la llamé también, apoyado sobre la pared, saboreando un cigarro, esa tarde  de mayo. Había bajado a despedirla, no conseguí retenerla ni un minuto más en mi cuarto, tengo clases, había protestado con una voz adolescente. Dando saltitos volvió hacia mí y me besó con prisa, nerviosa, esta noche nos vemos, dijo el hombre viril y seguro que todos tenemos dentro. La vi marcharse, juraría que feliz, radiante. La acompañé con la vista hasta que dobló la esquina. Entonces miré la calle tibia y anestesiada de aquella siesta de mayo, todo un barrio sin una sombra, sereno, e indefenso. Mi amigo tenía razón. Subí a casa, metí mis cosas en una maleta, los libros en una caja, saqué el dinero de los distintos escondites  y desaparecí, con todas sus consecuencias. Mi amigo seguía hablando orgulloso de su primogénito, de su estabilidad laboral y de lo hermosa que estaba su mujer embarazada, aún más, exclamé yo. Le dije que era tarde, claro, respondió él. Pagué la última ronda mientras intercambiábamos teléfonos, él insistió en regalarme la foto de su hijo, yo le di una tarjeta con un número inexistente. En la puerta nos dimos un abrazo largo y sincero. Se marchó contento de haberme encontrado otra vez. Yo agaché la cabeza y acomodé mi bufanda, este maldito invierno no pensaba acabar nunca.

domingo, 1 de febrero de 2015

Via Montalcini 8

Hablaba tranquilo, se expresaba sin sobresaltos, nunca levantaba la voz, como si la vida lo hubiera preparado para este momento. Sabía de todo, su discursos eran elaborados y coherentes, siempre mirándome a los ojos. Al principio hablábamos de lo que hasta entonces había sido el mundo, y nuestro desangrado siglo, yo lo escuchaba atentamente pero también atendía a cualquier ruido exterior, alerta. Cuando no concordábamos en algo discutíamos, me alteraba, y al sentir inmediata su victoria dialéctica me marchaba, lo dejaba solo. Pero siempre estábamos de acuerdo en lo diminuto que son las cosas que valen la pena, aunque ninguno fuese capaz de disfrutarlas. A los pocos días empezó a no extender su discurso hasta el final, de modo que no tuviera que abandonarlo, intentaba simpatizar con mis razones,  del mismo modo yo intentaba comprenderlo, por lo que nuestras charlas se volvieron más largas, y a veces, a pesar de nuestros extremos, encontrábamos un punto intermedio. Mis compañeros lo evitaban, preferían no tratar con él, le hablaban con respeto, sí, pero no les interesaba nada que él les pudiese transmitir. Cuando no estaban delante de él lo insultaban, despreciaban todo lo que él significaba para nosotros.
Los días pasaban y todos estábamos alerta, en tensión, sin saber cuándo todo acabaría, y él parecía cada vez más sereno. Nos pidió una Biblia, después de un largo consejo, en donde todos expusimos nuestro parecer, le concedimos lo que nos había pedido. Según la mayoría del consejo, era un acto humanitario, cualquier persona a pesar de su situación tenía derecho a seguir con sus convicciones y su religión.
Nuestras charlas, que en un principio eran únicamente políticas, fueron evolucionando hacia campos más humanos. Era un gran amante de la poesía romántica alemana, en la que según él, se refugiaba cuando no soportaba el peso de estas paredes, aunque lo dijese de una manera casi alegre, consciente del poder que tenía, a lo que se le unía la fuerza demoledora de su mirada, que a mí me llenaba de tristeza. Con el papel y pluma, que el consejo también le concedió, intentaba transcribir algunos versos de los poemas que recordaba, una vez me los mostró. Hablaban de la fuerza del espíritu, la templanza del guerrero en la batalla, de la espera eterna de su amada, de la recompensa final, de que Dios siempre estaba al lado de los buenos. Desconozco la lírica alemana de los siglos XXVIII y XIX, pero creo que aquellos papeles no eran transcripciones, sino más bien, sus propios poemas. Él era el guerrero al que acompañaba Dios hasta la victoria.
Una vez, ya consciente de su proceso, nos pidió enviar una carta a su mujer. La carta era de una austeridad y sinceridad extrema, utilizaba las palabras exactas para agradecerle todos aquellos años a su lado, la emoción de haber conseguido juntos una vida, un sentimiento auténtico, único, aquel que sólo puede sentir un hombre que ha vivido lo suficiente. Después de quemarla, me encerré en el baño y lloré con las lágrimas que hubiese derramado su mujer.
Las negociaciones no fueron fructíferas, el Estado se negaba a aceptar las condiciones de nuestra organización, ni siquiera a negociarlas. Lo abandonaron todos aquellos que se definían como sus fieles compañeros de partido.

Ante la indecisión y nerviosismo del consejo por el desenlace, incapaces de llevar al límites nuestras lucha, yo empuñe el arma, angustiada pero firme, lo mire a los ojos, sostenido todas nuestras palabras, charlas y confidencias, disparé al pecho de un hombre bueno.

domingo, 25 de enero de 2015

Cartas de un desconocido

Mientras espero que acabe el mundo, escribo cartas de despedida a gente desconocida. Busco en una guía telefónica una dirección al azar, como todo en esta vida, elijo un nombre común, sin matices, para mí es sólo un destinatario: Marta García Fuente, Antonio Pérez Guerrero, Azucena Martínez Gil… Los trato con cariño como si los conociera de toda la vida, les hablo de tú, a veces les pido disculpa por no haberles escrito antes, han pasado tantos años. Les pregunto por cómo está la familia, cómo va el negocio con estos tiempos tan difíciles. Les cuento un poco de mí, que he perdido el trabajo, pero no te aflijas querido o querida, ya saldrá algo mejor. Les cuento que me acordé de ellos gracias a un álbum de fotos que recuperé en la mudanza, ahí estábamos, sonriéndole a las cámaras en algún cumpleaños, o fiesta de fin de año, o un día cualquiera, éramos felices. Sí, me mudé, no podía seguir pagando la hipoteca, y antes de ser noticia preferí dejar todo lo más limpio y ordenado posible, me educaron para ser responsable, por eso busqué algo más barato, una habitación pequeña desde donde volver a empezar. Está siendo difícil, poco a poco.
Me invento una vieja anécdota de cuando nos frecuentábamos, en el instituto, la facultad, o del barrio donde vivíamos, les digo, no te acordarás pero a mí sigue sacándome una sonrisa esa historia, falsa, por supuesto. Les pregunto también por amigos o conocidos en común, qué será de la señora Margarita y su afición de mirar por la ventana, siempre nos espiaba, aunque todos lo sabíamos, éramos sus sospechosos consentidos, o del Profesor Ramón y su irreductible bigote matemático, ¿te acuerdas? Les doy gracia por todos esos momentos que ahora recuerdo con nostalgia, aunque nunca sucedieran. Líneas más abajo, después de tantos recuerdos inventados, dejo de fingir, les confieso la verdad, pienso suicidarme, ya no tengo ninguna esperanza en esta vida, no tengo fuerzas, llevo triste muchos meses. Mi mujer me abandonó y se llevó a los niños, mi familia no quiere saber de mí, mamá está muy viejita y con Alzheimer, no me reconoce, y papá murió hace años. La vida era feliz antes, cuando eramos jóvenes, cuando nos veíamos, les digo, fuiste un gran amigo o amiga, un gran amor. Siempre te recordaré. Adiós.

Desde que empecé con mis cartas de despedidas, hace algo más de dos meses, me han devuelto 4 por no tener remitente, otras 8 no han tenido respuestas, sólo una tal Sofía Espinoza Ortiz se acuerda de mí y me ha pedido que no cometa una locura, me ha contado un poco de ella, también está separada,  me ha propuesto vernos otra vez, como si fuese la primera.

lunes, 19 de enero de 2015

El sexo de especies en extinción

Jóvenes apocalípticos,
la rabia de la mentira
el asco de la verdad

las flores que abonaremos
son los auténticos instantes
de lírica

aquello que siento
no se puede explicar
el lenguaje está vacío,
y nosotros no.

El arte y lo bello están extintos,
las lágrimas son lágrimas y nada más.

La vida es un instante de ira,
la génesis y el apocalipsis son de carne y de huesos
mirar al infinito con la intensión de encontrar alivio
 y algunas respuestas.

Nuestros ojos nunca entenderán  la belleza
sólo podrán resignarse a observarla.
Lo inútil de explicar lo bello con palabras,
mecanismo inocuo,
estéril,
entregarnos al lenguaje es fusilar
lo salvaje y lo divino de lo bello.

Después de desnudarnos sólo quedó la ropa,
nosotros nos extinguimos
yo te extinguí a vos
y vos a mí,
así sin más,
como se apagó más tarde la luz del candil,
siento decírtelo
pero eso es lo que somos,
un instante de ira,
una impredecible y fugaz explosión,
de lírica, que sé yo.

domingo, 11 de enero de 2015

Alter Friedhof

Me quedé solo y sin nada que hacer, o mejor dicho, con todo por hacer. La luz entraba suave por las ventanas como sin ganas de hacerlo, y poco a poco iba iluminando los rostros dormidos y ausentes de los invitados. No había faltado ninguno, pero se notaba que todos habían venido por compromiso, para no tener que excusarse más tarde, que mentirle al anfitrión, que mentirse a todos por igual. Dormían profundamente, amontonados sobre una cama enorme, rozándose, transmitiéndo algo que no era amor, ni esperanza, sólo aire caliente que salía de sus pulmones contaminados. Yo los miraba desde la profunda incomodidad de no poder echarlos, quería correrlos a patadas de mi casa, o de lo que quedaba de ella después de tanta cerveza y tanta charla apocalíptica. El mundo desaparecería, más temprano que tarde, mañana mismo quizás, enterrado bajo toneladas de plutonio, pero eso no les había impedido conciliar el sueño, ni beber tanto, ni tan desesperadamente, mientras sonaba una música alegre y todos reían. No puedo echarlos, dónde quedaría mi reputación, dónde estaba la de ellos, por eso decidí, besándole la frente a cada uno de esos héroes, salir a caminar.
La luz que había atravesado tímidamente la ventana, en la calle era un vendaval para mis pupilas todavía sucias de oscuridad. No me crucé con ningún vecino, no vi coches circular por las calles, los árboles estaban marchitos, los pájaros había emigrado, pero de todos estos detalles me percaté una vez delante del cementerio. No recordaba muy bien como había llegado, había restos de cerveza en mi mente que habían empapado algún tramo del recorrido, pero sí, creía firmemente no haberme cruzado con nadie, ni con nada, pero ahí estaba, delante de todos los muertos de la ciudad. La verja estaba abierta por lo que me pareció natural entrar.
Caminé entre las tumbas largo rato, me detenía en alguna de ellas e intentaba leer el nombre o los datos del difunto, pero todas estaban desgastadas, las escrituras eran inteligibles. Pensé en la ferocidad del viento y del agua que ni siquiera respetan el nombre de aquellos que ya no pueden defenderse, aunque por otra parte era hasta poético que el viento les borrase el nombre, el último resto de persona que habían sido, aquello que podría haber permanecido eterno, que era inmune a nuestra defectuosa existencia biológica. Me descubrí frágil sentado en la plazoleta central de la cementerio, y lloré  por todos los desconocidos allí sepultados, como si llorase por mí, como no lo hice jamás.
A lo lejos, en las tumbas de delante de un sauce, vi la figura de un hombre depositando unas flores, sin saber porqué me acerqué a él. Se mantenía concentrado con las manos a los costados y la cabeza gacha, rezando quizás. Cuando estuve a escasos metro de él, me miró esbozando una sonrisa, como quien se encuentra con alguien después de mucho tiempo, alguien a quien has echado de menos. Para mí su rostro también me era familiar, detrás de sus arrugas y ojeras reconocía sus rasgos. Te he estado esperando, me dijo tranquilo, su voz era como su figura, delgada, pausada y profunda; no sabía muy bien cómo encontrarte, o he estado ocupado, fueron mis excusas. Encendió un cigarro y el humo nubló la vista de sus gafas. Bien, ya estás aquí, amigo mío; lo sé, lo sé, me exasperé confuso, ¿pero, qué hago aquí?, ¿por qué ahora? Este es el camino que todos hemos hecho alguna vez, dijo vaciando sus pulmones de humo negro, todos nos hacemos estas preguntas alguna vez, las respuestas que busques marcarán el resto, lo terrible sería ignorarlas, pero has llegado hasta aquí, has llorado la muerte de los hombres y ahora eres un poco menos esclavo de ella, sentenció mirándome fijamente a los ojos, era definitivo.
 Y así estuvimos un rato, enfrentados, divagando entre la vida y la muerte, entre lo finito y lo infinito, me contó del escritor alemán al que venía de vez en cuando a dejarle flores, aunque ninguna de aquellas fuese su tumba, aunque cada vez las dejase en una distinta, un tal Hans Reiter. Cuando el mundo fue recuperando su color regresé a casa, y él se perdió entre las anónimas tumbas. Por las calles ya había ruidos y rostros. Sentí que todo había sido un sueño. Cuando llegué a casa los invitados ya se habían marchado, sobre la cama quedaban sus restos de papel. Sobre mí pesaba el sueño de una eternidad sin dormir, me acosté mientras por la ventana seguía entrando leve la luz de algún sol.

domingo, 4 de enero de 2015

Ella

Ella se desnuda mirándome a los ojos,
sin aliento, extasiado,
descifro sus misterios

Ella es pasear errante
de madrugada
por una ciudad en ruinas

Ella es un amanecer
perdido y hambriento
desde el puerto

Ella se mete en mi cama
sin despertarme, se acomoda
en mi pecho y duerme

Ella son las calles
mojadas, oscuras
desiertas, trastornadas

Ella es el silencio
en un parque
mientras el mundo estalla

Ella es lava derramada
sobre la nieve
de un perezoso volcán

Ella se emborracha,
loca y llena de ira
me ama

Ella es un palacio gris
con una fuente de agua
salada en el jardín

Ella son todas las
glicinas ardiendo
en abril

Ella es el tiempo
detenido en una
playa desierta

Ella me desnuda mirándome a los ojos,
sin excusas, indefensa,
descifra mis misterios.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Cuento de Navidad

Estoy embarazada, susurro en su oído dormido como un grito mudo, él había llegado tarde, cuando ella dormía, ella se marchaba temprano, cuando él dormía, sus rutinas se cruzaban apenas, ambos vivían casi ajenos bajo el mismo techo. Esa era su vida desde que atravesaron de la mano la puerta automática de metal gris, transmitiéndose toda la fuerza que podían, aquella que intentaban alejar del miedo que reflejaban sus ojos, se sonrieron, o eso creyeron, una vez en la calle del nuevo país. No naufragaron, no se precipitaron desde 15 metros, nadie los traficó, no viajaron entre cajas en un carguero de conservas, carbón o basura fabricada, no les recorrió el sudor desde el cogote hasta las piernas, no fue traumático, incluso le ofrecieron un refresco en mitad del vuelo. Del otro lado de la puerta de metal nadie los esperaba, uno descubrió, entre la multitud de luces y caras, un cartel de bienvenida, formal, de un país formal. Abandonaron el aeropuerto descompuestos por la marea de gente y nervios, asustados pero hasta entonces unidos. Sintieron el cambio de temperatura, llegaban de un lugar cálido y agónico, llegaban a un lugar templado y seguro. En un arrugado papel cargaban las instrucciones, los contactos, que les ayudarían a encontrar un trabajo con el que comer y abandonarse, y una pequeña bohardilla donde dormir y exiliarse, el resto era un laberinto de edificios ordenados y palabras.
Él no recordaría aquella confesión, ni la imaginaría jamás, tampoco encontraría signos, ni huella en alguna frase del imaginario diario que ella escribía, pero todo sucedió una noche, fría como todas, de hacía dos meses, después del trabajo se encontraron en un bar cercano a casa, una salida rutinaria, se besaron sin pasión, bebieron las primeras cervezas contándose las nimiedades de la vida laboral, ella no le contó que pensó en los  nenúfares de Monet, y que estos ya no les parecían las obras más hermosas del mundo, él no le contó que suponía que la filosofía de la praxis era la mayor estafa burguesa. Había dedicado toda su vida anterior a recordar conceptos y teorías, a la sobrealimentación intelectual, a ilusionarse, sin imaginar que luego todo eso se convertiría en una pesada carga, no lo necesitaban para limpiar escaleras, ni freír patatas. Discutieron, como siempre últimamente, se insultaron, se odiaron, se culparon en silencio de la soledad que compartían, y finalmente, borrachos, llenos de ira, hicieron el amor, intentando recordar cómo fueron, lo que creyeron, y en que se amaron alguna vez como jamás volverían a hacerlo.
Ella llevaba semanas con nauseas y mareos, en los que no quería pensar, ni informarle, no confiaba en él, no confiaba en ella, pensaba en el mundo que no tenía para ofrecerle a ese hijo, en el tiempo que no tenía, en el amor que no tenía, en el padre a quien no recordaba amar, por eso para él el embarazo solo fue un susurro, aquella misma mañana abortaría, aquella mañana no nacería el Mesías, el hijo de Dios se derramaría sangre entre las piernas de una mujer triste, nadie festejaría 2000 años después el nacimiento del salvador de la humanidad, ellos no serían recordados como una dulce virgen y su fiel artesano. 

domingo, 21 de diciembre de 2014

Impostor

Todo es tan liviano como gigantes popas de jabón
dentro de este café
pero nunca explotan, para qué,
yo lo miro todo sin entender aún
cual es mi verdadero papel
intento analizar aquello que
simplemente es así
simple
así
es.

TU X SIEMPRE,
grita la pintada del muro
que en realidad es un asiento
desde donde arrojarte al mar,
olvidarte de ti,
despojarte de ti
que en realidad no
o en realdad sí
fui yo

Mis vecinos conversan de sí mismos
en lenguas que alguna vez hablé
y un inmenso sol, el de diciembre,
ilumina,
lo hace todo hermoso
y más descarnado
todavía.

Una vez nací en Argentina,
otra vez en España
pero nunca nací de la nada,
hubo un comienzo, de eso estoy seguro,
aunque alguien se lo inventara, por eso,
y empujado por una pintada,
confieso,
soy mi propio delator y rehén,
alguien me suplantó,
vivió mis historias, una y otra vez,
este mar el primer naufragio,
este poema mi parto,
pero como siempre
se me gasta el papel,
y lo dejaré a medias,
como todas mis vidas,como siempre,
yo por siempre
aunque siempre,
fuese siempre un impostor.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Relato insignificante V

Esta noche la soledad cala los huesos y la memoria se llena de fantasmas, de caras y cuerpos, de sombras que alguna vez fueron reales, aunque esto no tenga nada que ver, o sí, porque la soledad es individual pero la compartimos con todos y ahora todo es tan absurdo. Salir a la calle con la inercia de una sociedad suicida, de millones de personas que se consumen a sí mismo, del trabajo a casa y de casa al trabajo, con la fantasía de no pensar en el paso del tiempo, dejar que este se gaste solo, que se consuma y nos consuma, como debe ser, con el mínimo sufrimiento y con el máximo placer, esperando que salga el sol mañana y alguien anuncie que la batalla de nuestra vida finalmente se posterga un día más, y así sucesivamente, sin gloria ni dolor, sintiendo el aburrimiento como algo necesario. Oh Dios del siglo XXI, los templos se llenan para alabarte, todos compran su boleto diario, para ganar y dejar su absurda vida, y  te rezan cada noche antes de dormirse, sálvanos de este sufrimiento de humanos y cobardes, tenemos tanto que perder, no podemos arriesgarnos, si tuviéramos más, aún más asustados estaríamos de perderlo todo, por eso sálvanos, concédenos la gloria de ser ricos sin trabajar, tal vez entonces la vida tenga un sentido, y en mi esquela se lea fue rico, aunque todos sepan que fuiste un pusilánime más, un bastardo imitador de muecas, un libre pensador planificado, un artista del defecado, un carnívoro impoluto, un bípedo arrodillado, un aguafiestas de tu propia existencia, un músico del estornudo, un animal amaestrado, un consumidor de esperanzas, un héroe del recreo, un maestro del ridículo, el biógrafo de un aborto, el padre de un millón de suspiros, madre de un millón de horas muertas, el protagonista de una mentira, un existencialista de redes sociales, un exfilósofo, un moralista de diván, un provocador de bostezos, un guerrillero de barra de bar, un activista de la siesta, un ya veremos, un orgasmo sin querer, el sexo de látex, la dosificación de pasiones, una oferta de erotismo, un masturbador consuelo, la palabra ESTÚPIDO (en mayúsculas) al lado de la palabra poeta, un tierno anticuado, un pasado privatizado, una memoria de catálogo, un futuro olvidado, un presente utópico, un peor es nada, un boludo alegre, un viernes a las tres de la mañana escuchando los aplausos del reloj por tu oda a la soledad.

Y sigo sin escribir la palabra mierda, con lo bien que suena.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Relato insignificante IV

Querido mio,

te escribo sólo para decirte que no necesito que me llames más, ni que me escribas más cartas, no quiero más palmaditas en la espalda, no preciso el incesante jolgorio de formalismos y consuelos que suenan a felicitaciones. No voy a atender tus peticiones inesperadamente esperadas, ni ese abrazo fantasma que no me diste hace años. Definitivamente no quiero más que los ojos sean dos cuencos vacíos de nostalgia y pena, un reflejo de un niño viajero, ni que este cuaderno sea un diario de viajes inventados, soñados y malditos, nunca realizados, no me supliques fríamente con tus mentiras edulcoradas que me quede, que comparta con quien sea una desconsolada vida infeliz y aquí, que me conforme con una excitante rutina de aprendiz de hombre, y que me repita cada mañana al espejo -qué bien te sienta ese traje de piel- ; aunque no sea mío, aunque tenga que devolverlo alimentado y cuidado en una caja de madera después de hacer el intento de usarlo, por eso, por favor, no me escribas más cartas tan patéticas como esas en que alimentas mi narcisismo de barrio, cuidando siempre la elegancia de las miradas perdidas y con la vida empatada en excusas.

Te pido que te olvides de mí, bórrame, ya te recordaré yo en alguna de mis obras, porque aunque no me creas estoy decidido, no me queda otra, voy a gritarle, a chillarle, a llorar y sufrir este papel, voy a darle hasta el último sentido de mis días, voy a ponerme a soñar como un loco, se me colarán las historias por todos lados, te lo prometo, me sorprenderán con el último silencio de la noche o con la figura descompuesta de una nube en el techo azul, o tal vez las encontraré deambulando en el pasado que hasta este momento lo ha sido todo, no lo sé. Escribiré de ti, serás ese personaje que alguna vez fui, contaré de los miedos que sin duda tengo, pero ya no consiguen paralizarme. Fuiste irremediablemente lo que soy.

Te agradezco tanta protección, tu esfuerzo de leyes, tus tiernos poemas de amor (inventados o no), tu diario desconsolado que ahora arden, tus paseos por ciudades secretas. No todo fue malo, pero ahora me pesas mucho, me ahogas, por eso te despido,  embarco hacia el Sur, a vivir la vida que nunca tendrías.

 Cuídate, vive despacio y tente toda la compasión del mundo.

Hasta siempre.

Transcribo esta carta manuscrita que encontré en un libro insignificante de relatos que compré hace unos días en un rastro, me preocupa que su destinatario no la haya leído nunca.

No tiene fecha, ni está firmada.