De repente estoy en una plaza amplia y
luminosa, mi mano derecha sujeta una pequeña taza de café, mi mano izquierda
sostiene los dedos livianos de una mujer que me dice que le gusta estar aquí
conmigo, mientras mis ojos se pierden entre las columnas ajadas de un gran
teatro. Ahora la brisa salada me despierta frente a un mar y un cielos que
quieren ser noche, una mujer a mi lado me abraza con ternura y arena, buenas
noches dormilón, le dice a mis ojos que se vuelven a cerrar, al abrirlos veo un bosque frío de árboles moribundos divididos por un camino por el que corro, sofocado y sediento distingo una mujer a lo lejos que me hace señas,
intento alcanzarla pero el cansancio me vence y me recuesto sobre la cama de
una habitación en penumbra, la música acompaña los movimientos de una mujer que
tímida se desviste ante mí, su único espectador, excitado intento tocarla, pero
mis pasos me acercan a una ventana por donde entra toda la luz del mundo, una
luz cálida y neutral, donde mis pensamientos, por un segundo, se preguntan si
todo es un sueño o un recuerdo, si todas esas mujeres son reales o son un dibujo tierno de mi mente exhausta,
pero la luz es tan blanca que lo esconde todo. ¡Don Juan, Don Juan!, una voz me
llama, ha venido su mujer a visitarlo, cada vez está más guapa, me dice una
mujer disfrazada de enfermera, sonrío ignorante y educado. En frente de mí se
detiene una frágil y elegante señora, me besa las mejillas y me toma las manos,
yo instintivamente me entrego, aunque me gustaría preguntarle si es
alguna de las mujeres en las que por un instante pienso y olvido, recuerdo o sueño, que tal vez amé, pero jamás alcanzaría describirlas, preguntarle quién fui,
aunque poco importe, qué fuimos, aunque lo olvide, y por qué viene a
visitar a un viejo loco, pero luego se desvanecen todas las preguntas mientras
caminamos por un delicado jardín sin fin.
lunes, 23 de febrero de 2015
domingo, 15 de febrero de 2015
Vivir un poco
Pondré música, dulce y suave, serviré el vino en las copas, entonces
bailaremos, muy cerca, rozando nuestros cuerpos, sintiéndonos. Te besaré la
mejilla y sonreirás, todo envuelto por las sombras de un temblor de las velas.
Vivamos un poco, susurraré en tu oído, olvidemos todo y vivamos, te lo pediré
como el último mi único deseo, con los ojos asustados del niño y el
valor del hombre enamorado. Sí, responderá la voz de una niña, y abrazaré tu
cuerpo de mujer, el mismo que he buscado durante toda mi vida. Comprenderemos juntos
los secretos de este mundo, viajaremos a través de nuestros cuerpos por todos
los caminos, soñaremos unidos por la misma imaginación, nuestra compartida
ilusión, sentiremos los años, el cansancio y la angustia en nuestra piel
protegida bajo las mismas sábanas. Te amaré compañera, te seguiré en la aventura
que comenzamos incluso antes de conocernos, pero en la que siempre estuvimos, hasta la
noche que dancemos por última vez, hasta el punto final de los días mundanos de
nuestra esencia mágica. Entonces la existencia de esta pequeña suma de
sonrisas, caricias y besos habrá triunfado, y la muerte quizás no sea el fin, ni
el comienzo, ni nada, para nosotros ya no habrá límites, y todo aquello que los
hombres inventaron para ahogarse será la arena de una playa donde bañarnos
desnudos y eternos. Sólo quiero que vivamos un poco, sólo eso, Sofía.
domingo, 8 de febrero de 2015
Encuentros
Nunca te
había visto tan bien, o creo que dijo feliz, mi amigo, yo lo miré como si de
repente hubiese empezado a hablar en una lengua muerta. Y qué guapa era; ¡uhm!,
contesté yo con el cristal del botellín de cerveza entre los labios. Mi amigo
venía de una de mis descarriadas vidas anteriores, en la que había intentado
ser prestamista, o fue cuando monté una empresa de trabajo temporal, Granito de
arena S.L., o ambas a la vez. Por eso había tenido que salir corriendo. Con mi
amigo nos habíamos encontrado por esa casualidad infinita de esta ciudad, y la
nostalgia y el aburrimiento nos invitaron a tomar una cerveza más, otra de
tantas, habíamos sido buenos amigos. Recuerdo que varias veces intercedió,
quizás ignorándolo todo, o quizás no, para que no me dieran una paliza los
trabajadores temporales o algún prestatario alegando usura. Siempre había
estado en deuda con él. Luego dijo su nombre, como un suspiro, que quedó
flotando en la nebulosa de mis pensamientos algo más de lo normal, hasta que la
marea de una canción de los Stones se la llevó. Entonces la vi. Vi su
silueta de espaldas a los lejos, el pelo tan negro y largo, rozando su zona
lumbar. Se daba la vuelta, la distancia del recuerdo no me dejó pintar sus ojos
de un color exacto, creo que negros cuando sonreía, marrones claros cuando me
abrazaba. Con la mano que no sujetaba sus libros me hacía señas, una mano
pequeña y tierna, como toda ella. Al final conseguí despegar mis ojos del cielo
del bar, un cielo en penumbra, brindé con mi amigo por los viejos amores, como
zanjando el tema, y la cerveza me supo tan amarga como una puñalada. Luego mi
amigo empezó a contar sus historias, me contó que cuando me fui del barrio los
vecinos la tomaron con él, que incluso alguno le había dejado una nota
amenazándolo, pero él conocía a su gente, era gente inofensiva y olvidadiza, a
los pocos meses ya nadie se acordaba de mí. Me contó que se había casado con su
novia de toda la vida, a la que no conseguí poner nombre ni cara, que esperaba
el segundo varón, mostrándome las fotos de su cartera pedí otra ronda.
Brindé por su familia, aconsejándole que la protegiese, con su vida si fuese
necesario, me miró serio y brindó. Yo me sentí como lo que era, un cretino,
quién era yo para darle consejos a este hombre, yo que no hacía más que saltar,
escapar, mentir y ensuciar todo lo que se acercaba a mí. Me hacía señas con su
mano, me llamaba, yo le sonreí y la llamé también, apoyado sobre la pared,
saboreando un cigarro, esa tarde de
mayo. Había bajado a despedirla, no conseguí retenerla ni un minuto más en mi
cuarto, tengo clases, había protestado con una voz adolescente. Dando saltitos
volvió hacia mí y me besó con prisa, nerviosa, esta noche nos vemos, dijo el
hombre viril y seguro que todos tenemos dentro. La vi marcharse, juraría que
feliz, radiante. La acompañé con la vista hasta que dobló la esquina. Entonces
miré la calle tibia y anestesiada de aquella siesta de mayo, todo un barrio sin
una sombra, sereno, e indefenso. Mi amigo tenía razón. Subí a casa, metí mis
cosas en una maleta, los libros en una caja, saqué el dinero de los distintos
escondites y desaparecí, con todas sus consecuencias. Mi amigo seguía
hablando orgulloso de su primogénito, de su estabilidad laboral y de lo hermosa
que estaba su mujer embarazada, aún más, exclamé yo. Le dije que era tarde,
claro, respondió él. Pagué la última ronda mientras intercambiábamos teléfonos,
él insistió en regalarme la foto de su hijo, yo le di una tarjeta con un número
inexistente. En la puerta nos dimos un abrazo largo y sincero. Se marchó
contento de haberme encontrado otra vez. Yo agaché la cabeza y acomodé mi
bufanda, este maldito invierno no pensaba acabar nunca.
domingo, 1 de febrero de 2015
Via Montalcini 8
Hablaba tranquilo, se expresaba sin
sobresaltos, nunca levantaba la voz, como si la vida lo hubiera preparado para
este momento. Sabía de todo, su discursos eran elaborados y coherentes, siempre mirándome a los ojos. Al principio hablábamos de lo que hasta entonces había sido el
mundo, y nuestro desangrado siglo, yo lo escuchaba atentamente pero también
atendía a cualquier ruido exterior, alerta. Cuando no concordábamos en algo
discutíamos, me alteraba, y al sentir inmediata su victoria dialéctica me
marchaba, lo dejaba solo. Pero siempre estábamos de acuerdo en lo
diminuto que son las cosas que valen la pena, aunque ninguno fuese capaz de disfrutarlas. A
los pocos días empezó a no extender su discurso hasta el final, de modo que no
tuviera que abandonarlo, intentaba simpatizar con mis razones, del mismo modo yo intentaba comprenderlo, por
lo que nuestras charlas se volvieron más largas, y a veces, a pesar de nuestros
extremos, encontrábamos un punto intermedio. Mis compañeros lo evitaban,
preferían no tratar con él, le hablaban con respeto, sí, pero no les interesaba
nada que él les pudiese transmitir. Cuando no estaban delante de él lo
insultaban, despreciaban todo lo que él
significaba para nosotros.
Los días pasaban y todos estábamos
alerta, en tensión, sin saber cuándo todo acabaría, y él parecía cada vez
más sereno. Nos pidió una Biblia, después de un largo consejo, en donde todos
expusimos nuestro parecer, le concedimos lo que nos había pedido. Según la
mayoría del consejo, era un acto humanitario, cualquier persona a pesar de su
situación tenía derecho a seguir con sus convicciones y su religión.
Nuestras charlas, que en un
principio eran únicamente políticas, fueron evolucionando hacia campos más
humanos. Era un gran amante de la poesía romántica alemana, en la que según él, se refugiaba cuando no soportaba el peso de estas paredes, aunque lo dijese de
una manera casi alegre, consciente del poder que tenía, a lo que se le unía la
fuerza demoledora de su mirada, que a mí me llenaba de tristeza. Con el papel y
pluma, que el consejo también le concedió, intentaba transcribir algunos versos
de los poemas que recordaba, una vez me los mostró. Hablaban de la fuerza del
espíritu, la templanza del guerrero en la batalla, de la espera eterna de su
amada, de la recompensa final, de que Dios siempre estaba al lado de los
buenos. Desconozco la lírica alemana de los siglos XXVIII y XIX, pero creo que
aquellos papeles no eran transcripciones, sino más bien, sus propios poemas. Él
era el guerrero al que acompañaba Dios hasta la victoria.
Una vez, ya consciente de su
proceso, nos pidió enviar una carta a su mujer. La carta era de una austeridad
y sinceridad extrema, utilizaba las palabras exactas para agradecerle todos
aquellos años a su lado, la emoción de haber conseguido juntos una vida, un
sentimiento auténtico, único, aquel que sólo puede sentir un hombre que ha
vivido lo suficiente. Después de quemarla, me encerré en el baño y lloré con
las lágrimas que hubiese derramado su mujer.
Las negociaciones no fueron
fructíferas, el Estado se negaba a aceptar las condiciones de nuestra
organización, ni siquiera a negociarlas. Lo abandonaron todos
aquellos que se definían como sus fieles compañeros de partido.
Ante la indecisión y nerviosismo
del consejo por el desenlace, incapaces de llevar al límites nuestras lucha, yo empuñe el arma, angustiada pero firme, lo
mire a los ojos, sostenido todas nuestras palabras, charlas y confidencias,
disparé al pecho de un hombre bueno.
domingo, 25 de enero de 2015
Cartas de un desconocido
Mientras
espero que acabe el mundo, escribo cartas de despedida a gente desconocida.
Busco en una guía telefónica una dirección al azar, como todo en esta vida,
elijo un nombre común, sin matices, para mí es sólo un destinatario: Marta
García Fuente, Antonio Pérez Guerrero, Azucena Martínez Gil… Los trato con
cariño como si los conociera de toda la vida, les hablo de tú, a veces les pido
disculpa por no haberles escrito antes, han pasado tantos años. Les pregunto
por cómo está la familia, cómo va el negocio con estos tiempos tan difíciles.
Les cuento un poco de mí, que he perdido el trabajo, pero no te aflijas
querido o querida, ya saldrá algo mejor. Les cuento que me acordé de ellos
gracias a un álbum de fotos que recuperé en la mudanza, ahí estábamos,
sonriéndole a las cámaras en algún cumpleaños, o fiesta de fin de año, o un día
cualquiera, éramos felices. Sí, me mudé, no podía seguir pagando la hipoteca, y
antes de ser noticia preferí dejar todo lo más limpio y ordenado posible, me
educaron para ser responsable, por eso busqué algo más barato, una habitación
pequeña desde donde volver a empezar. Está siendo difícil, poco a poco.
Me
invento una vieja anécdota de cuando nos frecuentábamos, en el instituto, la
facultad, o del barrio donde vivíamos, les digo, no te acordarás pero a mí
sigue sacándome una sonrisa esa historia, falsa, por supuesto. Les pregunto
también por amigos o conocidos en común, qué será de la señora Margarita y su
afición de mirar por la ventana, siempre nos espiaba, aunque todos lo sabíamos,
éramos sus sospechosos consentidos, o del Profesor Ramón y su irreductible
bigote matemático, ¿te acuerdas? Les doy gracia por todos esos momentos que
ahora recuerdo con nostalgia, aunque nunca sucedieran. Líneas más abajo,
después de tantos recuerdos inventados, dejo de fingir, les confieso la verdad, pienso suicidarme, ya no tengo ninguna esperanza en esta vida, no tengo
fuerzas, llevo triste muchos meses. Mi mujer me abandonó y se llevó a los
niños, mi familia no quiere saber de mí, mamá está muy viejita y con Alzheimer,
no me reconoce, y papá murió hace años. La vida era feliz antes, cuando eramos jóvenes, cuando nos veíamos, les digo, fuiste un gran amigo o amiga, un gran
amor. Siempre te recordaré. Adiós.
Desde
que empecé con mis cartas de despedidas, hace algo más de dos meses, me han
devuelto 4 por no tener remitente, otras 8 no han tenido respuestas, sólo una
tal Sofía Espinoza Ortiz se acuerda de mí y me ha pedido que no cometa una
locura, me ha contado un poco de ella, también está separada, me ha propuesto vernos otra vez, como si fuese
la primera.
lunes, 19 de enero de 2015
El sexo de especies en extinción
Jóvenes apocalípticos,
la rabia de la mentira
el asco de la verdad
las flores que abonaremos
son los auténticos instantes
de lírica
aquello que siento
no se puede explicar
el lenguaje está vacío,
y nosotros no.
El arte y lo bello están extintos,
las lágrimas son lágrimas y nada más.
La vida es un instante de ira,
la génesis y el apocalipsis son de carne y de huesos
mirar al infinito con la intensión de encontrar alivio
y algunas respuestas.
Nuestros ojos nunca entenderán la belleza
sólo podrán resignarse a observarla.
Lo inútil de explicar lo bello con palabras,
mecanismo inocuo,
estéril,
entregarnos al lenguaje es fusilar
lo salvaje y lo divino de lo bello.
Después de desnudarnos sólo quedó la ropa,
nosotros nos extinguimos
yo te extinguí a vos
y vos a mí,
así sin más,
como se apagó más tarde la luz del candil,
siento decírtelo
pero eso es lo que somos,
un instante de ira,
una impredecible y fugaz explosión,
de lírica, que sé yo.
domingo, 11 de enero de 2015
Alter Friedhof
Me
quedé solo y sin nada que hacer, o mejor dicho, con todo por hacer. La luz
entraba suave por las ventanas como sin ganas de hacerlo, y poco a poco iba
iluminando los rostros dormidos y ausentes de los invitados. No había faltado
ninguno, pero se notaba que todos habían venido por compromiso, para no tener
que excusarse más tarde, que mentirle al anfitrión, que mentirse a todos por
igual. Dormían profundamente, amontonados sobre una cama enorme, rozándose,
transmitiéndo algo que no era amor, ni esperanza, sólo aire caliente que salía
de sus pulmones contaminados. Yo los miraba desde la profunda incomodidad de no
poder echarlos, quería correrlos a patadas de mi casa, o de lo que quedaba de
ella después de tanta cerveza y tanta charla apocalíptica. El mundo desaparecería,
más temprano que tarde, mañana mismo quizás, enterrado bajo toneladas de
plutonio, pero eso no les había impedido conciliar el sueño, ni beber tanto, ni
tan desesperadamente, mientras sonaba una música alegre y todos reían. No puedo
echarlos, dónde quedaría mi reputación, dónde estaba la de ellos, por eso
decidí, besándole la frente a cada uno de esos héroes, salir a caminar.
La
luz que había atravesado tímidamente la ventana, en la calle era un vendaval
para mis pupilas todavía sucias de oscuridad. No me crucé con ningún vecino, no
vi coches circular por las calles, los árboles estaban marchitos, los pájaros había
emigrado, pero de todos estos detalles me percaté una vez delante del
cementerio. No recordaba muy bien como había llegado, había restos de cerveza
en mi mente que habían empapado algún tramo del recorrido, pero sí, creía
firmemente no haberme cruzado con nadie, ni con nada, pero ahí estaba, delante
de todos los muertos de la ciudad. La verja estaba abierta por lo que me
pareció natural entrar.
Caminé
entre las tumbas largo rato, me detenía en alguna de ellas e intentaba leer el
nombre o los datos del difunto, pero todas estaban desgastadas, las escrituras
eran inteligibles. Pensé en la ferocidad del viento y del agua que ni siquiera
respetan el nombre de aquellos que ya no pueden defenderse, aunque por otra
parte era hasta poético que el viento les borrase el nombre, el último resto de
persona que habían sido, aquello que podría haber permanecido eterno, que era
inmune a nuestra defectuosa existencia biológica. Me descubrí frágil sentado en
la plazoleta central de la cementerio, y lloré por todos los desconocidos allí sepultados,
como si llorase por mí, como no lo hice jamás.
A lo
lejos, en las tumbas de delante de un sauce, vi la figura de un hombre depositando unas flores, sin saber porqué me acerqué a él. Se mantenía concentrado con las manos
a los costados y la cabeza gacha, rezando quizás. Cuando estuve a escasos metro
de él, me miró esbozando una sonrisa, como quien se encuentra con alguien después
de mucho tiempo, alguien a quien has echado de menos. Para mí su rostro también me era
familiar, detrás de sus arrugas y ojeras reconocía sus rasgos. Te he estado esperando,
me dijo tranquilo, su voz era como su figura, delgada, pausada y profunda; no sabía
muy bien cómo encontrarte, o he estado ocupado, fueron mis excusas. Encendió un
cigarro y el humo nubló la vista de sus gafas. Bien, ya estás aquí, amigo mío;
lo sé, lo sé, me exasperé confuso, ¿pero, qué hago aquí?, ¿por qué ahora? Este
es el camino que todos hemos hecho alguna vez, dijo vaciando sus pulmones de humo
negro, todos nos hacemos estas preguntas alguna vez, las respuestas que busques marcarán
el resto, lo terrible sería ignorarlas, pero has llegado hasta aquí, has llorado
la muerte de los hombres y ahora eres un poco menos esclavo de ella, sentenció mirándome
fijamente a los ojos, era definitivo.
Y así estuvimos un rato, enfrentados,
divagando entre la vida y la muerte, entre lo finito y lo infinito, me contó del
escritor alemán al que venía de vez en cuando a dejarle flores, aunque ninguna de
aquellas fuese su tumba, aunque cada vez las dejase en una distinta, un tal
Hans Reiter. Cuando el mundo fue recuperando su color regresé a casa, y él se
perdió entre las anónimas tumbas. Por las calles ya había ruidos y rostros. Sentí
que todo había sido un sueño. Cuando llegué a casa los invitados ya se habían
marchado, sobre la cama quedaban sus restos de papel. Sobre mí pesaba el sueño
de una eternidad sin dormir, me acosté mientras por la ventana seguía entrando
leve la luz de algún sol.
domingo, 4 de enero de 2015
Ella
Ella se desnuda mirándome a los ojos,
sin aliento, extasiado,
descifro sus misterios
Ella es pasear errante
de madrugada
por una ciudad en ruinas
Ella es un amanecer
perdido y hambriento
desde el puerto
Ella se mete en mi cama
sin despertarme, se acomoda
en mi pecho y duerme
Ella son las calles
mojadas, oscuras
desiertas, trastornadas
Ella es el silencio
en un parque
mientras el mundo estalla
Ella es lava derramada
sobre la nieve
de un perezoso volcán
Ella se emborracha,
loca y llena de ira
me ama
Ella es un palacio gris
con una fuente de agua
salada en el jardín
Ella son todas las
glicinas ardiendo
en abril
Ella es el tiempo
detenido en una
playa desierta
Ella me desnuda mirándome a los ojos,
sin excusas, indefensa,
descifra mis misterios.
domingo, 28 de diciembre de 2014
Cuento de Navidad
Estoy embarazada, susurro
en su oído dormido como un grito mudo, él había llegado tarde, cuando ella dormía,
ella se marchaba temprano, cuando él dormía, sus rutinas se cruzaban apenas,
ambos vivían casi ajenos bajo el mismo techo. Esa era su vida desde que
atravesaron de la mano la puerta automática de metal gris, transmitiéndose toda
la fuerza que podían, aquella que intentaban alejar del miedo que reflejaban
sus ojos, se sonrieron, o eso creyeron, una vez en la calle del nuevo país. No
naufragaron, no se precipitaron desde 15 metros, nadie los traficó, no viajaron
entre cajas en un carguero de conservas, carbón o basura fabricada, no les
recorrió el sudor desde el cogote hasta las piernas, no fue traumático, incluso
le ofrecieron un refresco en mitad del vuelo. Del otro lado de la puerta de
metal nadie los esperaba, uno descubrió, entre la multitud de luces y caras, un
cartel de bienvenida, formal, de un país formal. Abandonaron el aeropuerto
descompuestos por la marea de gente y nervios, asustados pero hasta entonces unidos. Sintieron el cambio de temperatura, llegaban de un lugar cálido y
agónico, llegaban a un lugar templado y seguro. En un arrugado papel cargaban
las instrucciones, los contactos, que les ayudarían a encontrar un trabajo con
el que comer y abandonarse, y una pequeña bohardilla donde dormir y exiliarse,
el resto era un laberinto de edificios ordenados y palabras.
Él no recordaría aquella
confesión, ni la imaginaría jamás, tampoco encontraría signos, ni huella en alguna
frase del imaginario diario que ella escribía, pero todo sucedió una noche,
fría como todas, de hacía dos meses, después del trabajo se encontraron en un
bar cercano a casa, una salida rutinaria, se besaron sin pasión, bebieron las
primeras cervezas contándose las nimiedades de la vida laboral, ella no le
contó que pensó en los nenúfares de
Monet, y que estos ya no les parecían las obras más hermosas del mundo, él no le
contó que suponía que la filosofía de la praxis era la mayor estafa burguesa.
Había dedicado toda su vida anterior a recordar conceptos y teorías, a la sobrealimentación
intelectual, a ilusionarse, sin imaginar que luego todo eso se convertiría en
una pesada carga, no lo necesitaban para limpiar escaleras, ni freír patatas.
Discutieron, como siempre últimamente, se insultaron, se odiaron, se culparon
en silencio de la soledad que compartían, y finalmente, borrachos, llenos de
ira, hicieron el amor, intentando recordar cómo fueron, lo que creyeron, y en
que se amaron alguna vez como jamás volverían a hacerlo.
Ella llevaba semanas con
nauseas y mareos, en los que no quería pensar, ni informarle, no confiaba en él,
no confiaba en ella, pensaba en el mundo que no tenía para ofrecerle a ese
hijo, en el tiempo que no tenía, en el amor que no tenía, en el padre a quien
no recordaba amar, por eso para él el embarazo solo fue un susurro, aquella
misma mañana abortaría, aquella mañana no nacería el Mesías, el hijo de Dios se
derramaría sangre entre las piernas de una mujer triste, nadie festejaría 2000
años después el nacimiento del salvador de la humanidad, ellos no serían
recordados como una dulce virgen y su fiel artesano.
domingo, 21 de diciembre de 2014
Impostor
Todo es tan liviano como gigantes popas de jabón
dentro de este café
pero nunca explotan, para qué,
yo lo miro todo sin entender aún
cual es mi verdadero papel
intento analizar aquello que
simplemente es así
simple
así
es.
TU X SIEMPRE,
grita la pintada del muro
que en realidad es un asiento
desde donde arrojarte al mar,
olvidarte de ti,
despojarte de ti
que en realidad no
o en realdad sí
fui yo
Mis vecinos conversan de sí mismos
en lenguas que alguna vez hablé
y un inmenso sol, el de diciembre,
ilumina,
lo hace todo hermoso
y más descarnado
todavía.
Una vez nací en Argentina,
otra vez en España
pero nunca nací de la nada,
hubo un comienzo, de eso estoy seguro,
aunque alguien se lo inventara, por eso,
y empujado por una pintada,
confieso,
soy mi
propio delator y rehén,
alguien me suplantó,
vivió mis historias, una y otra vez,
este mar el primer naufragio,
este poema mi parto,
pero como siempre
se me gasta el papel,
y lo dejaré a medias,
como todas mis vidas,como siempre,
yo por siempre
aunque siempre,
fuese siempre un impostor.
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