domingo, 21 de junio de 2015

Limón

Gota a gota,
sin demora,
casi imperceptiblemente,
pero incesante,
pero insaciable,
casi insensiblemente,
sin prisa,
paso a paso.

Una mañana encontré los besos
junto a unos labios fríos,
los últimos espasmos desparramaron
los añicos de papel al cielo,
y decidí
desvestir ciudades de cobardes ilusiones,
arranqué mis rodillas de la arena de aquel reloj
donde pervertía las horas,
y torturaba los segundos,
donde había quedado encerrado
lo insumiso y
lo silencioso de dos miradas
que hurgan más allá de sus pupilas incendiadas,
donde incansablemente subían
las mareas.  

No hubo un de repente,
ni un preparados,
nadie me avisó,
nada,
todos se callaron,
ni un atentos,
no hubo más.

Despegué la carne del arte,
descolgué mis manos del subterráneo,
sumergí los cabellos en viento,
inundé mis tímpanos de sol,
derramé  mis ojos de sinfonías,  
y así, súbitamente,
nació el Universo
del corazón seco de un limón.

lunes, 15 de junio de 2015

Colt

Sólo necesito las palabras exactas, el tiempo preciso, la intriga justa. Creo que si estuviera a punto de morir este texto sería el mejor que escribiría. Oler el perfume de la muerte podría enloquecerme, o eso creo, o eso quiero creer para consolarme con textos mediocres. ¿Qué sería sentir el frío metal en el cogote?, despacio, te susurra una voz gastada, no te muevas, sus amenazas traspasan todas las fronteras, me siento desnudo ante una voz de mujer, no la puedo ver pero siento su cuerpo blanco y tenso como la prolongación del metal del arma que nos enlaza, nuestros corazones laten a la misma velocidad, pero ella es una gran profesional y mantiene las formas, en cambio a mí se me quiebra la voz,  un tartamudeo cobarde suplica por mantener un instante más esta absurda vida, ella sin embargo ríe poderosa dentro un lujurioso vestido rojo, mi vida no vale nada para ella, las vidas en general no valen nada, aunque tengan precios y nos enseñen a buscarles un porqué, como lo busco ahora a punto de morir entre sus juegos de azar, entre sus piernas y las sombras, entre su escote y el revólver.
Buscan los poetas las palabras al borde de la muerte, convencidos de poder vencerla con su arte, al menos posponerla una noche más, escriben  sus vulgares obituarios, pretendiendo superar la voluntad de los fantásticos y fanáticos dioses que crearon a los hombres, para llegado el momento enfrentarse al juicio de la eternidad con un corazón perturbado y una espiral de versos compuestos  en inventados abismos, enjuagados en alcohol, amenazados por el metal de un revolver Colt Anaconda sujetado por las finas y excitadas manos de una rubia que se marchará de la misma manera que vino, después de hacerme manchar con sangre de versos lo que pudo ser un gran poema de un mezquino amante.

domingo, 31 de mayo de 2015

Canibal

Sed, beberé el jugo eterno por tu piel,
la música serán nuestros gritos,
pobres animales de pecado y miel,
tiemblas, hay arte y pasión en el mito.

Hambre de años, de siglos prohibidos,
condena de alimentarnos de esencia
 y tras los ojos un deseo dormido,
ángeles desmenuzan la decencia.

Lujuria, los cuerpos desaparecen,
manos y aliento ya desesperados,
marea imparable de carne ardiente.

Noche trastornada de estrellas negras,
desato una bestia que lucha y vive,
devorándose en su última cena.

domingo, 5 de abril de 2015

Relato insignificante VI

Desconozco que pasó después, todo lo que sé es que llegó corriendo, asfixiado, tuvo que esperar unos segundos para recuperar la voz, nosotros lo escuchamos con cierta expectación, parecía traer un mensaje importante, había golpeado con fuerza las puertas a las 3 de la madrugada. Pero no, sólo preguntó dónde estaba y hacía cuánto se había marchado. Llegaba 2 días tardes y nadie sabría adivinar dónde podría estar. Alejandra nunca nos lo dijo, creo que tampoco nadie se lo pregunto. Todos dábamos por hecho que se marcharía, aunque después de lo ocurrido permaneció dos semanas más con nosotros (tal vez esperándolo); pero todos en casa dejamos de sentirla, y la entendíamos, por eso nadie intentaba sacarle palabras que ella no quisiera entregarnos , ni gestos, ni miradas que ya no nos pertenecían, que ya no le pertenecían a este mundo.
Manuel había corrido más de 2 kilómetros, desde un departamento donde permanecía escondido desde hacía  más de 3 meses, atravesó toda la ciudad, que ya no era una ciudad sino una mezcla de escombros y sombras. Acababa de enterarse, o simplemente soñó o sintió lo que había pasado, hay personas que pueden hacer eso, aunque en este caso el mensaje había llegado demasiado tarde. No nos pidió más detalles de ella, no nos preguntó qué había hecho después, o si habíamos intentado ayudarla de alguna manera. No le interesaban nuestras ajenas reacciones u opiniones, mucho menos nuestro consuelo, que seguro consideraba inútil o falso, y lo entendíamos. Alejandra había violado todos los códigos, todas las reglas, y eso en este mundo nunca queda impune, aunque ella tal vez nunca llegase a comprender las razones.
No dijo ni siquiera adiós, todos la vimos en silencio bajar la escalera, tuvo un último aliento de valor para mirarnos a los ojos (me impresionaron sus ojos, estaban huecos, casi ciegos), intentaba decirnos algo que, supongo, ni en un millón de un años entenderíamos, y sin embargo para ella era obvio, absoluto. Cargaba una mochila donde llevaba algo de ropa y todas las pruebas de su crimen. Desde el primer momento supo que todo aquello sería su condena, aunque nunca imaginó la gravedad de las consecuencias. Todo aquello que pasaría y que conseguiría, por fin, borrarle esa estúpida sonrisa de la cara. En la puerta sujetando el pomo se detuvo más de la cuenta, fue incapaz de decirnos aquello que hubiese gritado, suspiró y salió.

domingo, 29 de marzo de 2015

0

Escribí para borrarte,
para que te pierdas en un bosque
de papel, para que te
inundes de tinta derramada,
para que seas la última,
la abandonada, la suave e imperfecta
rima de unos versos que ya no significan nada
de ti,
ni de mí,
de un poema que ya no existe,
de un poema que es ceniza
de todos los versos que te entregué,
que fueron todos, los que alguna vez
pronuncié, y otras tantas callé,
pero que siempre y
como una promesa te dibujé,
te soñé,
te sentí,
te viví y te sobreviví en ellos,
que quemé
después de amarlos,
después de naufragarlos,
después de los después,
siempre tarde,
siempre,
una coma, un punto, siempre fin.

Escribo
porque es lo único que puedo hacer
con mis uñas y la tierra,
porque aquí nunca desapareces,
y cuando sea una mota de polvo,
una gota, un suspiro, una mancha,
aquí seguirás eternamente,
encerrada y encadenada a mis poemas,
el más hermoso de los regalos
que un topo puede ofrecer a una dragón-princesa,

escribiré y lo seguiré haciendo
aunque ya no sirva para nada.

domingo, 22 de marzo de 2015

Carolina

Me cuesta enfrentarme al papel, pero debo contar esta historia que no es otra que mi vida, la historia de una desdicha. Para ponernos en situación diré que entonces era feliz, todo lo feliz que puede ser una persona que disfruta de la naturaleza salvaje en largos paseos, que lee sin prisa, que ama y es amado por una mujer. La vida había sido generosa conmigo, la herencia de que recibí de mis padres en mi época  universitaria hizo que nunca tuviese que preocuparme por asuntos económicos, por lo que pude dedicar mi vida en exclusiva a la literatura. Había publicado algunas novelas que habían sido aceptadas por la crítica y difundidas por un editor amigo de mi difunto padre. Eran novelas mínimas en las que los protagonistas vivían en constante conflicto con su escritor, eran conscientes de ser quienes eran, seres imaginados, e intentaban revelarse contra su creador, contra mí. Me divertía este tipo de escritura en la que me sentía autor y también parte de la historia. Compartía mi vida, como ya he dicho, con mi mujer, Carolina, que era maestra de literatura en el colegio secundario de la pequeña villa donde vivíamos a las afueras de una ciudad, cuál no importan, soy de los que creen que todas las ciudades terminan siendo la misma, en todas los hombres pierden el sentido natural de su existencia, por eso habíamos elegido esta pequeña localidad entre los artificial y lo natural. Mi vida era tranquila, por las mañanas escribía sin prisas, sin agobios, por mero placer, y por las tardes Carolina y yo salíamos a pasear, o nos entregábamos a la lectura compartida del mismo libro, abrazados sobre el mismo sofá, habíamos conseguido tal nivel de sincronización que no necesitábamos avisarnos cuándo pasar de página, luego, después de cenar, charlábamos sobre el libro que habíamos compartido, o me contaba de sus clases, a veces se entristecía porque creía que la juventud ya no era capaz de disfrutar de la literatura como antes, o no descubría a ningún joven poeta entre sus alumnos, y ella se esforzaba por crear ese vínculo inmortal entre los hombres y los libros, otras veces llegaba radiante porque en su taller de escritura creativa había descubierto un signo de talento en alguno de aquellos jóvenes, a los que premiaba con la nota más alta y con el obsequio de alguno de nuestros libros más querido, ella decía que era necesario que el potencial autor o autora leyera ese libro, me decía que era una especie de inversión, que si el escritor novel no leía por ejemplo: a Borges o a Kafka, nunca explotaría su potencial, era una cuestión vital, y se esforzaba en encontrar las palabras justas para la dedicatoria del libro.  Traspasaba sus funciones didácticas y se convertía en promotora de futuros escritores. Con el paso del tiempo tuvo varios éxitos, varios de sus exalumnos llegaron a publicar interesantes novelas en las que agradecían siempre, a mi profesora Carolina por sus consejos, ella lo tomaba como verdaderos triunfos personales, yo la felicitaba, y lo celebrábamos con la conjunta lectura de dicha obra en nuestro sofá. La amaba por todo eso, por su manera de amar la literatura, por su forma a veces maquiavélica pero siempre tierna de dirigir la vida de sus alumnos hacía las letras.
 Conocí a Carolina como conoce uno a la mujer de su vida, de repente. Yo andaba  buscando una historia que contar, buscando personajes vivos que meter en las páginas en blanco, buscando también un escenario, y entonces la encontré sentada en el banco de un parque, sus ojos se perdían entre los árboles y las páginas del libro que sostenía en sus manos, quiero recordar que era Anna Karenina, pero nunca me atreví a preguntárselo, yo consciente de mis intenciones le pedí compartir el banco y poder  leer y observar, observarla, ella me miró extrañada por la petición pero accedió, hizo a un lado su mochila, y pude sentarme y leer. Al rato, intrigada me preguntó qué leía, entonces le dije que me leía a mí mismo, aunque pareciese algo narcisista necesitaba leer una vez más mi obra para una futura reedición, a ella pareció interesarle el hecho que yo fuese escritor, se ofreció para ayudarme, o al menos darme su opinión de mi novela, me pidió que le prestara mi libro y que en 2 días nos volviéramos a ver en el mismo banco a la misma hora, a mí me pareció una gran idea, en agradecimiento por su gesto le regale el ejemplar con mi número de teléfono en forma de dedicatoria, y se marchó alegando que no podía leer el libro en presencia de su autor. Al cabo de 2 días nos volvimos a encontrar, ella cargaba con mi libro y varios folios llenos de anotaciones acerca de posibles cambios que serían convenientes para la siguiente reedición, me quedé sorprendido por la intensidad de su lectura. Desgranaba página a página la historia de un oficinista que se autoimponía una disciplina casi marcial en su oficio, convirtiéndose prácticamente en un autómata, pero sin embargo era incapaz de comprender y aplicar las reglas sociales en su vida personal, había olvidado comportarse de manera cordial y también correcta con sus familiares y amigos, hasta el punto que estos dejaron de verlo y el oficinista se queda solo, anclado en su oficio hasta el día de su jubilación, cuando comprende que ha perdido todo contacto con la realidad, que la burocracia ha sido su vida y no puede seguir sin ella, por lo que se encierra en su casa, desde donde relata, a modo de informe, lo que ha sido su vida, el cual envía a Dios, quien nunca contesta a pesar de que las esperanzas del exoficinista se mantienen intactas hasta sus últimos días. El relato le parecía poco original, aunque trataba, según ella, con buena mano el tema de la soledad y la desesperación, mi manera de narrar era bastante lineal y por tanto amena. Me propuso un final alternativo: que obtuviese el burócrata la respuesta divina. Me pareció algo descabellado, pero no podía negarme a estudiar la propuesta de alguien que no dejaba de fascinarme, finalmente la novela no se reeditó, pero nosotros continuamos encontrándonos en el mismo parque cada tarde para hablar de literatura, y de ahí pasamos a hablar de nuestras vidas, y terminamos por enamorarnos de aquellos encuentros, de aquellas charlas que juramos mantener hasta el final de nuestros días. Así sería nuestra vida, así completaríamos nuestras páginas, haciéndonos imprescindibles, necesarios, complementarios, hasta aquella tarde, cuando ella no regresaría a casa después de clase. En el instituto me dijeron que ese día se había ausentado y que había avisado previamente de esto. Carolina acababa de cumplir 35 años, llevábamos 10 compartiéndolo todo, la vida era nuestra vida.
Ya han pasado más de 40 años, y sigo esperándola, he repasado miles de veces nuestras charlas, nuestros días felices, nuestras lecturas, y por supuesto, también nuestros desencuentros, y no he encontrado nunca una señal, un anuncio de lo que sería su huida, porque ella se fue, escapó, de eso no me cabe la menor duda, voluntariamente decidió dejar la vida que llevaba, para empezar otra, quién sabe cómo, quién sabe dónde. He seguido trabajando en mis novelas, he escrito varias donde el protagonista le pedía a su creador que le dijese por qué su mujer o su marido no volvía, y el autor intentaba consolarlo diciéndole que él tampoco lo sabía, que sólo cabía esperar, así lo hacían. Escribía esas historias con la intención de que ella las leyera y comprendiese el grado de mi desesperación, de mi angustia, de mi soledad. Fueron libros profundamente tristes, mi vida fue triste, no pude dejar la casa donde vivíamos, ni tampoco pude dejar su taller de escritura, el cual desde entonces realicé en casa, aunque cada vez hay menos jóvenes interesados, aunque en este tiempo alguno sí ha conseguido publicar, y al cual incentivé como lo hubiese hecho ella, aunque ya no estuviera aquí para celebrarlo con nuestra lectura conjunta.
 Ahora que mi vida llega a su fin he comprendido su propósito, Carolina consiguió ser la autora de toda mi vida, de todos mis libros, de todos mis actos, he sido, sin darme cuenta, su trabajo más perfecto, aunque creo que todo partió de mí y de mi idea de colarme en las historias de mis personajes, ella dedicó 10 años de su vida en conseguir que yo me convirtiese en aquel oficinista que nunca supo vivir más allá de su oficio, de su escritorio, más allá de ella, yo introduje ese germen perverso de obligar a alguien indirectamente a vivir solo una vida, a ser incapaz de despegarse de esa vida hasta el fin. Hoy es el final de mi libro, el final de su obra, aunque ella no escriba el desenlace siempre supo que sería con esta nota que escribo mientras la sangre de mis antebrazos se derrama por el suelo y mi mente, que se adormece lentamente, sigue pensado en ella.

domingo, 8 de marzo de 2015

El Editor

Te despiertas cada día con la necesidad de que siga siendo ayer, que las horas que has dormido sobre tu amniótica cama hayan sido apenas un parpadeo, quizás algo prolongado, pero sólo eso, levantarte y mirar que en el calendario sigue siendo 17 de un mes intermedio, de tránsito, sin brillo, que siga siendo improrrogablemente ayer, sentir que tu presente es un perpetuo pasado, para después de vestirte, retomar un camino ya gastado, y ese camino es una metáfora, claro, porque tú no sales de tu casa, de tu habitación, de tu escritorio, amurallado en tu cuaderno, en donde cada día vuelves a vivir lo mismo, repasas las líneas, el trazo seco de las palabras que ya componen una historia en parte triste, a veces alegre, como siempre al inicio, y tiene sus personajes perdidos y descompuestos que deambulan por  ciudades grises, y a veces soleadas, que a veces se emborrachan y se insultan, pero también se quieren y se odian, se sienten de vez en cuando, aunque pueda ser siempre, solas, se sienten humanas al fin y al cabo, hasta que sin saber cómo encuentran algo, un sentido, un sendero diminuto para ya no estar perdidos ni descompuestos, y se ilusionan,  se besan, se acarician, se confirman y confiesan, y disfrutan de ese lapso, atrapados en un pequeño universo húmedo y cálido, donde todo es y nada debe ser, pero tú sigues escribiendo, componiendo una historia cruda, humana y sangrienta, donde el frío existe, la humedad cala los huesos,  las flores se secan y todo lo que alguna vez fue eterno se acaba,  entonces los personajes se pierden, se ignoran, se desvanecen y evaporan, por lo que vuelven a ser caminantes de ciudades ahora más grises y menos soleadas, pero con el paso de los días intemporales se acostumbran, o fingen hacerlo, sonríen a sus vecinos, tienen proyectos que son escusas, y escusas que son mentiras, para llegar al final del día y refugiarse en una amniótica cama, dormirse profundamente deseando que mañana sea otra vez ayer, acumular días como una frontera, una costa, o una espesa y amarga niebla. Tú repasas cada día la misma historia, intentando que de repente pase algo, y bueno, no te preocupes es normal en los escritores de tu generación, no han aprendido a poner puntos finales.


Transcribo la respuesta de mi editor al que le niego el fin de mi proyecto, unas palabras entre paternales y  furtivas.

domingo, 1 de marzo de 2015

Miles de mundos

Entonces alguien se levantó de entre la multitud adormecida, entre bostezos escucharon el discurso inédito de alguien que hasta ese momento era una sombra más. Hemos habitado miles de mundos, nosotros, esa especie elegida entre todas, hemos contaminado y destruido esos mundos, humillando la hermosa creación, para luego caer en nuestro propio abismo y extinguirnos. Ignorando nuestro pasado infame volvemos a desarrollarnos en otro mundo, en ese juego de azar infinito del universo, y volvemos por tanto a perdernos en las nimiedades de un patético ego, nuestras manos vuelven a construir espejos enormes para santificarnos y alabar la gloria de nuestra vírica existencia, desarrollamos sofisticadas fórmulas de alienación, inventamos dioses y reyes a quienes entregarles nuestras culpas y logros, para liberarnos de nuestra pesada conciencia y dejar por tanto que el destino fluya liviano llevando nuestra resignada y frágil presencia terrenal. Inventamos palabras como alegría y amor, e intentamos alcanzarlas como quien quiere atrapar golondrinas con las manos. El auditorio, luchando contra su profunda pereza, intentaba comprender las palabras de alguien que pretendía atravesar todas las barreras físicas, el orador analizó a su público, intentando saber si sus palabras tenían algún eco, si su discurso había conseguido tocar la capa sensible de aquellos que se cubrían con una apática manta. No encontró entre la multitud de ojos signos de vida, cerró los suyos y confesó. Anoche soñé con uno de aquellos bastardos mundos, desde el espejismo de una ventana vi la algarabía del fin, la lucha incesante de colores incendiaba mis pupilas asustadas, puntos débiles de luz eran devorados por la oscuridad, la muerte y el silencio, una lluvia ácida lo bañaba todo, y al caer en mi piel la envejecía mil años, el aire era una nube espesa que caía por infinitas ciudades desiertas, edificios de papel eran  despedazados a su vez por olas de un mar podrido y atómico. Yo era el último habitante vivo de un mundo mecánico y artificial,  el último ser onírico atrapada en la pesadilla del progreso humano. A miles de kilómetros distinguía un moribundo sol a punto de explotar y borrarnos para siempre de la historia universal, perdonándonos, tal vez, nuestra fracasada existencia. Guardo silencio un segundo, esperando una respuesta del aletargado público, pero sólo obtuvo más silencio, derrotado se desvaneció entre las sobras, diluyéndose entre la multitud que esperaba que la enorme pantalla volviera a iluminarse.

lunes, 23 de febrero de 2015

Instantes

De repente estoy en una plaza amplia y luminosa, mi mano derecha sujeta una pequeña taza de café, mi mano izquierda sostiene los dedos livianos de una mujer que me dice que le gusta estar aquí conmigo, mientras mis ojos se pierden entre las columnas ajadas de un gran teatro. Ahora la brisa salada me despierta frente a un mar y un cielos que quieren ser noche, una mujer a mi lado me abraza con ternura y arena, buenas noches dormilón, le dice a mis ojos que se vuelven a cerrar, al abrirlos veo un bosque frío de árboles moribundos divididos por un camino por el que corro, sofocado y sediento distingo una mujer a lo lejos que me hace señas, intento alcanzarla pero el cansancio me vence y me recuesto sobre la cama de una habitación en penumbra, la música acompaña los movimientos de una mujer que tímida se desviste ante mí, su único espectador, excitado intento tocarla, pero mis pasos me acercan a una ventana por donde entra toda la luz del mundo, una luz cálida y neutral, donde mis pensamientos, por un segundo, se preguntan si todo es un sueño o un recuerdo, si todas esas mujeres son reales o  son un dibujo tierno de mi mente exhausta, pero la luz es tan blanca que lo esconde todo. ¡Don Juan, Don Juan!, una voz me llama, ha venido su mujer a visitarlo, cada vez está más guapa, me dice una mujer disfrazada de enfermera, sonrío ignorante y educado. En frente de mí se detiene una frágil y elegante señora, me besa las mejillas y me toma las manos, yo instintivamente me entrego, aunque me gustaría preguntarle si es alguna de las mujeres en las que por un instante pienso y olvido, recuerdo o sueño, que tal vez amé, pero jamás alcanzaría describirlas, preguntarle quién fui, aunque poco importe, qué fuimos, aunque lo olvide, y por qué viene a visitar a un viejo loco, pero luego se desvanecen todas las preguntas mientras caminamos por un delicado jardín sin fin.

domingo, 15 de febrero de 2015

Vivir un poco

Pondré música, dulce y suave, serviré el vino en las copas, entonces bailaremos, muy cerca, rozando nuestros cuerpos, sintiéndonos. Te besaré la mejilla y sonreirás, todo envuelto por las sombras de un temblor de las velas. Vivamos un poco, susurraré en tu oído, olvidemos todo y vivamos, te lo pediré como el último mi único deseo, con los ojos asustados del niño y el valor del hombre enamorado. Sí, responderá la voz de una niña, y abrazaré tu cuerpo de mujer, el mismo que he buscado durante toda mi vida. Comprenderemos juntos los secretos de este mundo, viajaremos a través de nuestros cuerpos por todos los caminos, soñaremos unidos por la misma imaginación, nuestra compartida ilusión, sentiremos los años, el cansancio y la angustia en nuestra piel protegida bajo las mismas sábanas. Te amaré compañera, te seguiré en la aventura que comenzamos incluso antes de conocernos, pero en la que siempre estuvimos, hasta la noche que dancemos por última vez, hasta el punto final de los días mundanos de nuestra esencia mágica. Entonces la existencia de esta pequeña suma de sonrisas, caricias y besos habrá triunfado, y la muerte quizás no sea el fin, ni el comienzo, ni nada, para nosotros ya no habrá límites, y todo aquello que los hombres inventaron para ahogarse será la arena de una playa donde bañarnos desnudos y eternos. Sólo quiero que vivamos un poco, sólo eso, Sofía.